
“La causa principal del avivamiento es cuando nuestra vida de oración se reaviva”. Sin una oración genuina y persistente, los esfuerzos por un avivamiento son inútiles.
La oración no debe ser una ocurrencia tardía. No debe usarse solo “en caso de emergencia”. Debe ser la prioridad de nuestras vidas. “Primero el aposento, después el estudio y las actividades; tanto el estudio como las actividades se revitalizan y se vuelven eficientes gracias al aposento”.
Nuestra oración, sin embargo, necesita ser engendrada y perseguida con una energía incansable, una persistencia imperturbable y un valor que nunca desfallezca.
El avivamiento no se produce por métodos humanos ni por estrategias elaboradas. Nace en el secreto del aposento, donde la oración se convierte en aliento, en fuego, en vida.
Cuando la oración deja de ser un recurso de último momento y se convierte en la prioridad, todo lo demás se ordena: el estudio se ilumina, las actividades cobran propósito, y el alma se fortalece.
Una oración persistente, valiente, incansable, es el motor del despertar espiritual.
No hay avivamiento sin oración. No hay transformación sin intimidad con Dios.
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