Nuestra morada: el Dios eterno

POR CHARLES SPURGEON

 

La palabra REFUGIO (“morada”) puede traducirse como “lugar de residencia”, lo que da la idea de que Dios es nuestra Morada, nuestro Hogar. 

Hay plenitud y dulzura en la metáfora, pues nuestro hogar es querido para nuestros corazones, aunque sea la cabaña más humilde o el ático más pequeño, y mucho más querido es nuestro bendito Dios, en Quien vivimos, nos movemos y existimos.

ES EN CASA donde nos sentimos seguros: nos aislamos del mundo y moramos en tranquila seguridad. Así que cuando estamos con nuestro Dios “no tememos mal alguno”. Él es nuestro Refugio y Refugio, nuestro Refugio Perdurable. Salmos 62:7.

EN CASA descansamos; es allí donde encontramos reposo después de la fatiga y el trabajo del día. Y así nuestros corazones hallan descanso en Dios, cuando, cansados ​​del conflicto de la vida, nos volvemos a Él, y nuestra alma mora en paz. almos 37:7.

EN CASA, también, dejamos que nuestros corazones se suelten: no tenemos miedo de ser malinterpretados, ni de que nuestras palabras sean malinterpretadas. Así que cuando estamos con Dios podemos comunicarnos libremente con Él, dejando abiertos todos nuestros deseos ocultos; porque si el “secreto del Señor es con los que le temen”. Salmos 25:14.

EL HOGAR TAMBIÉN es el lugar de nuestra felicidad más verdadera y pura y es en Dios que nuestros corazones encuentran su deleite más profundo. Tenemos en Él un gozo que supera con creces cualquier otro gozo (“plenitud de gozo” Salmos 16:11).

También trabajamos y nos esforzamos por nuestro hogar. Pensar en él nos da fuerza para soportar la carga diaria y nos agiliza los dedos para realizar la tarea; en este sentido, también podemos decir que Dios es nuestro hogar. El amor a Él nos fortalece. Pensamos en Él en la persona de su amado Hijo, y un atisbo del rostro sufriente del Redentor nos impulsa a trabajar por su causa (2 Corintios 5:13-14)

Sentimos que debemos trabajar, pues tenemos hermanos que aún no se han salvado y tenemos que alegrar el corazón de nuestro Padre trayendo a casa a sus hijos errantes; queremos llenar de santa alegría a la sagrada familia entre la que vivimos.

¡Bienaventurados los que tienen así al Dios de Jacob por refugio!

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